Por Roberto Ruiz de Infante            Roberto Ruiz de Infante


Nadie duda a estas alturas que el brutal impacto social, económico y político provocado por la pandemia del “Coronavirus” nos ha pillado a todos por sorpresa, sin parangón en los últimos 100 años, desde que en 1918 se produjera aquella otra pandemia llamada “Gripe Española”, que por cierto no tuvo su raíz en España, pero que sus consecuencias fueron devastadoras, con más de 300.000 fallecidos y 8 millones de personas infectadas en el Estado.

Esta vez las consecuencias en torno a la salud han sido notoriamente menores, dada la evidente mayor capacidad de predicción y respuesta de nuestros sistemas sanitarios, así como la práctica generalizada, más ágil y efectiva, de las medidas de prevención. Pero no podemos negar que el efecto psicológico individual y la conmoción social general, derivados de la pandemia, nos han dejado a todos un tanto noqueados, por creer que estas cosas no podían ya ocurrir nunca.

La “crisis” del “Coronavirus”, como todas las crisis, va dejando su rastro mortal, sus desastres, pero también lecciones que aprender y algunas actitudes que cambiar. La primera lección es saber valorar lo que tenemos, o mejor dicho “la realidad” que teníamos antes del confinamiento, puesta ahora en entredicho por “la nueva realidad”. La pandemia ha vuelto a poner en valor muchas cosas que teníamos olvidadas, como la libertad de movimientos o las relaciones sociales indiscriminadas, sujetas ahora a un control y a un procedimiento. Y también ha vuelto a poner en valor aspectos más tangibles, como la oportunidad de tener un puesto de trabajo estable o la oportunidad de producir productos esperados con avidez por la masa de consumidores.

No todos pueden decir lo mismo. El Covid-19 ha puesto algunos sectores contra las cuerdas, como el del turismo, la hostelería, la cultura, el trasporte de personas, e incluso la automoción. Muchos negocios ya no van a volver a abrir sus puertas, con graves consecuencias para empleados, inversores y proveedores de todo tipo. La recaudación fiscal del Estado también se va a ver minorada de forma considerable y la gran pregunta que queda en el aire es si el Estado autonómico va a poder hacer frente al sobresfuerzo que le espera de ofrecer las prestaciones sociales que muchas más personas van a necesitar ahora para seguir viviendo con cierta normalidad.

Afortunadamente, este no es el caso de UDAPA. El sector de la alimentación en el que opera UDAPA es primordial, elemental, básico para el conjunto de la población y esto es un aval de garantía único para la supervivencia de la cooperativa. Las semanas de confinamiento no han hecho otra cosa que confirmar la importancia vital de algunos sectores, sobre todo dos de ellos: la sanidad y la alimentación. Además, el producto que ofrece UDAPA, las patatas, supone una doble garantía por su carácter imprescindible de cuasi-primera necesidad.

UDAPA puede felicitarse por haber mantenido, incluso haber incrementado, su actividad ordinaria durante todas las semanas que ha durado el duro confinamiento. Y lo ha hecho bien, haciendo cumplir todo el protocolo de prevención y seguridad establecido por las autoridades sanitarias; de manera que con este rigor y con un poco de suerte no ha tenido ningún caso de infección ni de afectados por el virus. Las personas vinculadas actualmente a UDAPA en cualquier modalidad, bien sea como trabajadores, socios, prestadores de servicios, proveedores, clientes, etc. pueden sentirse agradecidas por estar enganchadas a un carro que no para, que en el peor de los escenarios transita con cierta soltura. Esto es una suerte para UDAPA, pero al mismo tiempo una enorme responsabilidad para no defraudar dichas expectativas.

Algunos indicadores han cambiado, sin embargo, a lo largo de estos meses. Se incrementó notoriamente la actividad de UDAPA al mismo tiempo que decaía la de PATURPAT por su enorme dependencia del Canal HORECA (hostelería, restauración, cátering); todo ello consecuencia del incremento del consumo doméstico y del decaimiento del consumo extrafamiliar; si bien la conclusión a deducir es que el Grupo UDAPA esta cimentado sobre dos sólidos soportes, sus dos marcas corporativas UDAPA y PATURPAT, con las que abarca todo el espectro del sector agroalimentario y que actúan como vasos comunicantes compensatorios según qué circunstancias, además de su ventajosa complementariedad para optimizar los aprovisionamientos de la producción agraria.

Las circunstancias creadas por el Covid-19 en casi todos los sectores de la economía han revalorizado lo cercano, lo próximo, lo nuestro, frente a la incertidumbre de lo lejano y extraño, frente a lo que es de otros y no está claro que nos lo vayan a ofrecer siempre. UDAPA es un bien raíz de aquí, nacida aquí, con gente de aquí, asociada a la producción agraria de aquí y comprometida con esta sociedad. UDAPA ha de potenciar todavía mucho más esta característica por el bien de todos, pero no podrá hacerlo si no cuenta con el compromiso de las personas: socios, empleados, clientes, productores agrarios y proveedores; los empleados flexibilizando sus prestaciones en función del vaivén fabril; los clientes apostando por los productos del entorno; los productores haciendo una producción honesta con el medio ambiente y un producto fiable; y los socios implementado el proyecto UDAPA a más personas y mejor producto final.

UDAPA ha demostrado a estas alturas ser capaz de sortear con solvencia cualquier amenaza que pueda venirle del exterior, pero de lo que no se libra nadie es de las amenazas interiores que suelen surgir de una excesiva autocomplacencia. Qué duda cabe que UDAPA corre este riesgo, ese que llaman “morir de grandeza”. Siempre pasa cuando se llega a creer que ya está todo hecho, que todo ha de ir bien porque sí, que “el maná llueve del cielo”; y todo debido a la experiencia intachable de algunos años que acaba convenciendo al personal que ya está para siempre fuera de todo peligro, haga lo que haga. Aprendamos, pues, de la sorpresa que ha supuesto la propia pandemia cuando pensábamos que eso ya no podía ocurrirnos a nosotros, que nunca “todo el pescado está vendido”, que el esfuerzo y la atención han de ser permanentes, y que incluso cuando hacemos las cosas bien los resultados pueden salir mal, pero cuando las cosas se hacen mal o no se hacen es seguro que los resultados van a ser catastróficos. Nunca hay que bajar la guardia, no perder la concentración, como dicen los deportistas de competición, para evitar ese epitafio tan elocuente sobre las desganadas autocomplacencias: “de éxito en éxito hasta el fracaso total”.